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A lo largo de la Historia ha habido multitud de culturas que han encontrado en el Sol un símbolo de adoración y admiración. Los eclipses de Sol y Luna solían ser interpretados por la mitología como la furia de los dioses y la voracidad de los dragones.
Eclipse solar Eclipse solar.
© IAC

Nuestro astro fue una de las figuras más importantes de las deidades egipcias. Ra era concebido como el Dios solar. Se le consideraba la divinidad que no podía representarse por carecer de todo tipo de materia; muchas veces se identificó con otros dioses como Amón y Horus, esta identificación representó para Ra la materialización de su espíritu, para convertirse en un dios mostrable que en la barca diurna recorría el cielo superior, mientras que con la barca nocturna lo hacia por el cielo inferior, donde tenía que enfrentarse a terribles monstruos que siempre eran vencidos. Su símbolo era el Sol y cuando otro dios representaba a Ra en alguna de sus formas o expresiones, se le colocaba el disco solar sobre la cabeza.

Los pueblos Inca y Azteca, que expondremos a continuación, fueron dos de los principales seguidores del Sol como símbolo de culto y adoración.

La cultura Inca

Pachacuti, "el reformador" fue el que impuso el quechua como lengua oficial y el culto al Sol, Inti, como religión del Estado, aunque se mantuvo la creencia en Viracocha, el Dios Creador y héroe cultural, así como la veneración por Illupa -dios del trueno y el rayo, que provocaba las lluvias- y, en menor grado, por la Luna y la Estrella de la Mañana.

Los Incas eran difusores de cultura en todos sus aspectos. Fueron además grandes arquitectos y urbanistas, como lo prueban sus ciudades: Cuzco, Ollantaytambo, Pisac, Machu Pichu, la imponente fortaleza de Sacsahuamán o el gran templo del Sol de Pachacamac.

El todopoderoso jefe Inca, hijo del Sol, se rodeaba de una pompa y un misterio que servían para acrecentar su poder. Miles de personas estaban a su exclusivo servicio y 50 mujeres atendían todas sus necesidades, llegando al extremo de hacer desaparecer sus cabellos caídos o sus escupidas para que no cayeran en manos de algún posible enemigo que podría utilizarlos con fines mágicos.

También son dignas de destacar las jóvenes que vivían alejadas de todos en una especie de convento, bajo el cuidado de una mujer mayor. Las mamaconas eran elegidas entre las niñas más hermosas de ocho a diez años y vivían allí hasta los catorce, edad en que algunas eran dadas en matrimonio a los principales guerreros y dignatarios, mientras otras quedaban como vírgenes consagradas al Sol.

Según el cronista Santa Cruz Pachacuti (1613) estas mamaconas se dividían en varias categorías según sus orígenes, su belleza y sus aptitudes. Las Yurac Aclla, de sangre inca, estaban consagradas al culto y consideradas esposas del Sol, Las Huayrur Acíla eran las más hermosas y entre ellas el inca elegía sus esposas secundarias. El destino de las Paco Aclla era convertirse en mujeres de los curacas (jefes) a quienes el inca quería agradar; mientras que las Yanac Aclla, que no se destacaban ni por su rango ni por su belleza, servían de sirvientas a las demás. Estaban también las Taqui Aclla que, por sus aptitudes musicales, cantaban acompañadas de tambores y pincullos (flautas).

La cultura azteca

Según los propios aztecas, su pueblo era el elegido por el Sol, que conducido por los sacerdotes, se establecía en medio del lago de la Luna, y de allí emprendía su misión: colaborar en la función cósmica por medio del sacrificio humano, alimento que se proporcionaba a nuestro astro para que pudiera luchar con la Luna y las estrellas, y así poder vencerlas todos los días.

Para los aztecas el sol bajo el que habitaban y al que adoraban, era el quinto que había habido desde la existencia del Universo, y el que había dado origen a nuestro mundo. A continuación se expone la curiosa leyenda de su creación.

La leyenda azteca de la creación del quinto sol o sol actual

Después de la destrucción del cuarto Sol, se reunieron todos los dioses en Teotihuacan para crear al mundo. Pero era necesario que uno de ellos se sacrificara para dar vida al nuevo Sol.

Dos dioses se presentaron para este sacrificio: Tecuciztécatl y Nanahuatzin. Cuatro días seguidos ayunaron y se sacrificaron. El primero de ellos ofrecía prendas preciosas, mientras Nanahuatzin ofrecía bolas de heno y espinas de maguey manchadas con su propia sangre.

Al quinto día, por la noche, todas las deidades se colocaron en dos filas, al final de las cuales se encontraba el brasero sagrado (teotexcalli). En este lugar debería arrojarse el dios que debía convertirse en Sol, para salir purificado y alumbrar con su brillo al mundo.

En primer lugar fue el turno del dios rico, pero nunca osó echarse, que lo intentó cuatro veces. Entonces probó el desvalido su valor: esforzándose cerró los ojos y dio un salto cayendo en medio del brasero divino que alzó gran llama, comenzando a rechinar. Cuando el rico vio tal hazaña, avergonzado de su pusilanimidad, arremetió y se arrojó a la hoguera donde se consumió. Luego un águila entró en el fuego y también se quemó, por eso tiene las plumas ennegrecidas; a la postre entró un ocelote, pero no se quemó, sino que salió con la piel manchada.

Después los dioses se hincaron de rodillas para esperar la salida de Nanahuatzin hecho Sol. Cuando por fin salió el Sol, apareció muy colorado y se contoneaba de una parte a otra; nadie lo podía ver porque lastimaba la vista. Después salió la Luna (Tecuciztécatl), que brillaba tanto como el Sol. Al ver esto los dioses se indignaron y arrojaron un conejo en la cara de Tecuciztécatl, lo cual le oscureció la cara, dejándole la señal que aún conserva (para los aztecas, las manchas lunares representan la figura de un conejo).

Quedaron sin moverse el Sol y la Luna, entonces los dioses preguntaron el motivo a los astros, y la respuesta fue terrible: el Sol exigía el sacrificio de los demás dioses (estrellas). Uno de ellos, el planeta Venus (Tlahuizcalpantecuhtli), tiró una flecha al Sol tratando de herirlo, pero éste le devolvió la flecha y lo dejó muerto. Luego mató a los otros dioses, sólo Xólotl (hermano gemelo de Venus) rehusaba la muerte. Huyó, primero convertido en maguey doble (mexólotl), luego se convirtió en maíz doble y en otras cosas dobles o monstruosas, y por último se transformó en el axólotl (ajolote), que vive en el agua, y allí lo mató el Sol.

Sacrificios humanos

Para que el Sol alumbrase era necesario que comiese corazones y bebiese sangre, y por ello, los nahuas hicieron la guerra para, de esta forma, poder obtener corazones y sangre, y así alimentar al Sol.

Una de las formas más comunes de practicar sacrificios humanos consistía en colocar al prisionero sobre una piedra llamada téchcatl, para que cuatro sacerdotes tomaran a la víctima por brazos y piernas, de tal manera que el pecho del prisionero quedara saliente. Entonces un quinto sacerdote con un cuchillo de pedernal le daba un golpe en el pecho y metía la mano por la herida, arrancando el corazón que ofrecía a los dioses.

El Calendario Azteca

Calendario azteca
Calendario azteca.
El dios del Sol era conocido como Tonatiuh. Su representación más conocida era mediante el disco solar, forma en que se nos presenta en el ya mundialmente conocido "Calendario azteca" o Piedra del Sol. En medio del disco se observa el rostro del dios, que simboliza el actual Sol cosmogónico. Podemos ver a la deidad encerrada en el gigantesco signo "Nahui Ollin" (4 Movimiento), fecha en que ha de finalizar este mundo, como consecuencia de los terremotos. En los cuadros que conforman el signo se encuentran esculpidas las fechas de los soles predecesores: 4 Ocelote, 4 Viento, 4 Lluvia y 4 Agua. A los lados, sus manos armadas con garras de águila estrujan los corazones de los sacrificados, alimento sagrado de los dioses.

Más abajo se observa un anillo que rodea las representaciones arriba descritas, el cual contiene los signos de los días. Le siguen unas bandas con dibujos que representan los rayos solares, simbolizados por joyas de jade o turquesa, pues para los aztecas el Sol es el bien más preciado que existe en el Universo y lo representaban siempre como una joya. Por último, en la banda exterior están esculpidas dos grandes serpientes de fuego (xiuhcóatl), las cuales llevan al Sol a su morada en el cielo, y entre sus fauces se ven los rostros de las deidades a las que sirven de disfraz.

Éstas son sólo algunas de las culturas que han adorado a nuestro astro a lo largo de la historia de la Humanidad, cada una con sus propias peculiaridades, por considerarlo, ya entonces, parte importante en el proceso de la vida y en su conservación.
 
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