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Superficie y atmósfera Estructura Orígenes
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Auroras: se forman en las capas altas de la atmósfera, entre 100 y 350 kilómetros por encima del nivel del mar, y se deben a los electrones y protones expulsados por el Sol en una erupción solar y que chocan contra el campo magnético terrestre, de manera que son interceptados y canalizados por éste mediante las líneas de flujo concentrándose en los polos.
Aurora Aurora.
NASA/ Dra. Inés Rodríguez Hidalgo (IAC).
ver Magnetosfera (3,6 Mb)
Estas partículas se excitan e ionizan por el contacto con la atmósfera generando el conocido color y las figuras fantasmagóricas que caracterizan a este fenómeno conocido desde hace siglos.

Viento solar: evidentemente, el campo magnético del Sol es más débil cuanto más lejos nos encontremos de él, y esto tiene un efecto muy marcado en el material que constituye la corona. A una distancia de unos dos radios solares desde la superficie del Sol, el campo magnético de la corona es capaz de retener el material gaseoso y caliente de la corona en grandes circuitos. Al aumentar la distancia, el campo magnético se debilita y el gas de la corona puede arrojar literalmente el campo magnético al espacio exterior.

Cuando sucede esto, la materia recorre grandes distancias a lo largo del campo magnético. El flujo constante del material arrojado desde la corona es lo que se conoce como viento solar y suele llegar de las regiones denominadas agujeros de la corona, situados cerca de las zonas polares, como ya se dijo al hablar de la corona. Allí, el gas es más frío y menos denso que en el resto de la corona, produciendo una menor radiación. El viento solar de los grandes agujeros de la corona (que puede durar varios meses) es muy fuerte y puede provocar alteraciones que se pueden detectar desde el campo magnético de la Tierra.

Mareas oceánicas: son el resultado de la atracción gravitacional combinada de la Luna y del Sol. El agua en el lado de la Tierra más cercano a la Luna es atraída por la fuerza gravitatoria de la Luna más intensamente que el cuerpo de la Tierra, mientras que el agua del lado de la Tierra más alejado de la Luna es atraída menos intensamente que la Tierra. El efecto es hacer salientes en el agua en lados opuestos de la Tierra. El efecto de la atracción del Sol es similar, y las mareas que observamos son el efecto resultante de las dos atracciones.

Cuando la atracción del Sol se suma a la de la Luna las mareas son de mayor magnitud y se denominan Mareas Vivas, mientras que cuando ambos cuerpos se sitúan a 90 grados las mareas son pequeñas y se denominan Mareas Muertas. Las alturas de las mareas vivas están gobernadas por la distancia de la Luna a la Tierra, siendo más grandes en el Perigeo (cuando la Luna está más cerca de la Tierra) y más pequeñas en el Apogeo (cuando la Luna está más lejos).

Cuando el Sol está alineado con la de la Luna en Luna Nueva y Luna Llena, y por tanot sus atracciones se suman, son los días en que hay Mareas Vivas. La atracción del Sol es menos que la mitad de la de la Luna, así que la frecuencia de las mareas está determinada fundamentalmente por la Luna.

La altura de la marea en cualquier lugar, está determinada por la forma de la línea de la costa y la plataforma continental cercana. La presencia de terrenos inclinados y bahías le da mucho más rango a las mareas que lo que se ve en alta mar. Existe otro tipo de mareas, las mareas terrestres, debidas al desplazamiento hacia arriba y abajo del aire y las masas sólidas de la Tierra por la atracción de la Luna y el Sol. Este fenómeno es mucho menos aparente y pasa desapercibido para los hombres, pero es fácilmente detectado con diversos aparatos. Aunque el movimiento es mucho menor en el terreno que en el mar, puede llegar a ser de un metro de desplazamiento vertical.

Clima: Existe una relación directa entre la actividad solar, deducida a partir del número de manchas en su superficie, y el clima terrestre, de manera que en períodos de mayor mayor actividad solar se produce un exceso de energía que calienta la Tierra, produciendo climas más cálidos, mientras que los mínimos serían responsables de los enfriamientos.

Aunque, por ejemplo, el calentamiento global del planeta está principalmente influido por la emisión de gases con efecto invernadero, una mayor actividad solar dará lugar a que la cantidad de energía que llegue a la Tierra sea mayor, lo que influye tanto en la estabilidad de la capa de ozono como en la formación de nubes, produciendo variaciones en el clima.

Existen evidencias de variaciones climáticas relacionadas con máximos o mínimos de la actividad solar. El astrónomo alemán Gustav Spoerer destacó la existencia de un período de 70 años, que finalizó aproximadamente en 1716, durante el cual hubo una importante ausencia de manchas solares. Ésto fue confirmado posteriormente por Walter Maunder y por ello es conocido como Mínimo de Maunder. Fue precisamente durante uno de esos períodos en los que tuvo lugar la llamada Pequeña Edad de Hielo, manifestada más intensamente durante los siglos XVI y XVII, cuando las temperaturas fueron 0,5 grados menores que el promedio en los últimos tres siglos.

Simulaciones y modelos del clima de la Tierra realizados con ordenador sugieren que cambios en el brillo del Sol inferiores al 1% durante varias décadas podrían dar lugar a enfriamientos globales del orden de medio grado. Esto indica que aunque el clima terrestre es un proceso muy complejo que depende de gran cantidad de factores cuyas relaciones aun no se conocen con detalle, las variaciones que se puedan producir en el Sol son uno de los elementos a tener en cuenta.  

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