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  La muerte de una estrella

Después de que la nube original de gas interestelar comenzara a condensarse hace aproximadamente cinco mil millones de años, ésta comenzó a contraerse y su núcleo fue progresivamente aumentando de densidad y temperatura debido a la presión que ejercían el gas y el polvo girando en su interior.


Un miembro del Grupo Local de galaxias con gran formación estelar. Imagen en color real obtenida con el Telescopio "Isaac Newton", de 2,5m., del Observatorio del Roque de los Muchachos (Isla de La Palma). © IAC-RGO D.Malin et al.
Cuando los torbellinos gaseosos del núcleo superaron los 11 millones de grados centígrados, los átomos de hidrógeno se fusionaron y dieron lugar a una reacción nuclear en cadena, formando lo que hoy conocemos como el Sol.

Hace unos 4.600 millones de años la fuerza de la gravedad propició que las partículas de la nebulosa que rodeaban a nuestra estrella se dispusieran en una amplia y delgada capa en el plano ecuatorial del Sol. Siguiendo el proceso, comenzaron a formarse astros de varios kilómetros de diámetro que chocaban entre sí y formaban cuerpos mayores. De esta manera ocurrió la formación de los planetas: cuatro interiores, de constitución rocosa (Mercurio, Venus, La Tierra y Marte) y cinco exteriores, constituidos por gases o hielos (Júpiter, Saturno, Urano, Neptuno y Plutón).

En sus inicios, la luminosidad del sol no era como la actual pero su actividad era mucho mayor, ya que de su superficie surgían inmensas llamaradas y rayos ultravioleta que asolaban los planetas.

Las corrientes de partículas que se originaban en su atmósfera (el viento solar) recorrían el espacio a más de 3 millones de kilómetros por hora, eliminando los restos de gases y polvo de la nebulosa original. Unos 9 millones de años después disminuyó la intensidad del viento solar, y los planetas y satélites continuaron su desarrollo.
 
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