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Estreno
Amenábar y Kidman posan con el resto del reparto de Los otros en el Festival de Venecia (AP).

Desde que se estrenó 'Los otros' el pasado 7 de agosto en EE UU, la película ha recibido una calurosa acogida de la crítica y del público. Esta corriente favorable se confirmó en el pase del filme en la Mostra de Venecia, certamen en el que compite en la sección oficial. El crítico cinematográfico de El PAÍS presente en el Festival, Ángel Fernández-Santos, publica en la edición del viernes 7 de septiembre su visión de la tercera película de Amenábar.



Noche en el alma

ÁNGEL FERNÁNDEZ-SANTOS

Hay una causa evidente de la superioridad de Los otros sobre Tesis y Abre los ojos, las dos películas precedentes dirigidas por Alejandro Amenábar. Se trata de su simplicidad, de la notable sencillez de su construcción, hecha con encuadres y movimientos de cámara nítidos y precisos, montados luego con ganas de obtener una secuencia transparente. Hay en aquellas dos películas un relato y un movimiento de personajes y situaciones curvo, con forma de meandro, a veces sobrecargado de retórica visual, considerada en el sentido noble de la palabra.

Pero aquí, en Los otros, esa retórica casi desaparece -quedan todavía restos de ella adheridos a algunas imágenes sobrantes, o resultonas, o huecas- y deja paso a un ejercicio de cine ascético y a un transcurso secuencial lleno de simplicidad, pero que no desarrolla un asunto simple, sino por el contrario complicado, muy complicado, de esos que se prestan a dar un patinazo que ciertamente aquí nunca llega a producirse, lo que da idea de la firmeza que ya ha adquirido el oficio de filmador de Alejandro Amenábar.

La película funciona, se respira, divierte, cautiva, crea tensión, hace disfrutar -con un espectáculo elegante, bien elaborado y de vieja noble estirpe- a la inmensa mayoría, y hay dentro de ella un trabajo de cine comercial minucioso e inteligente, sobre todo si se carga esta palabra en lo que tiene de expresión de astucia y de capacidad de cálculo. Y hay ráfagas de cine vivo, además de cine comercial, en el sagaz dispositivo dramático, en los contrapuntos y choques de luz -que proceden de una fotografía muy hermosa, de un tenebrismo nítido y de gran refinamiento- y, sobre todo, en el juego interpretativo del excelente reparto, excelentemente dirigido por Amenábar.

Tira de este reparto y lo galvaniza una Nicole Kidman convencida, atrapada por lo que hace, y que desde el arranque del filme, en el plano durísimo e inquietante de su aterrado y aterrador alarido inicial, sostiene a su frágil, delicado y funambulesco personaje en territorios movedizos, vidriosos y arriesgados, pero surcados por ella con pasión, oficio y gallardía, sin rozar nunca la resbaladiza rampa del ridículo. Por el contrario, irrumpe en la pantalla por todo lo alto y, pese a ello, sigue subiendo aún más arriba, a medida que el relato se adentra en los escondrijos del laberinto por donde se mueve, o se desliza, o flota la presencia de esta bellísima mujer de piel transparente, con la noche metida en el alma.

Secretismo

Logra poner en movimiento Amenábar una batalla hipnótica que absorbe la mirada y la atención de quien la mira y no puede apartar los ojos de ella. En el arranque del filme lo hace con limpieza, dando en dosis pequeñas pero adecuadas suficiente información visual acerca de la verdad de lo que está ocurriendo en la sombría casona que es teatro del filme. Pero hacia la mitad del metraje, cuando aparece súbitamente el séptimo personaje y todo debiera entonces aclararse a través suyo, para así enfocar con las cartas boca arriba -es decir, dando libertad de criterio al espectador y huyendo de la imagen despótica- el desvío final hacia el desenlace, es precisamente cuando Amenábar se pone a jugar al secretismo. Con el agravante de que antes nos ha hecho caer en la tosca trampa de un par de hábiles sustos que degradan la condición sugeridora de la imagen. Y Amenábar oculta con un par de veloces y habilidosos trucos escénicos y visuales la perfección abierta de lo que allí, en la pantalla, está ocurriendo.

Así, al caer e insistir en las facilidades del secreto, renuncia Amenábar a las dificultades del misterio, quizás porque las considere menos productivas, pero que en el caso de otros colegas suyos que abordaron tramas argumentales similares -por ejemplo, y entre otros, Jack Clayton en Suspense y M. Night Shymalan en El sexto sentido- fueron mucho más productivas, tanto comercial como, y esto es lo que aquí importa, artísticamente. Y Los otros, que está a punto de ser una obra intachable, baja algunos peldaños en el termómetro de sus calidades éticas y estéticas; que son indisociables. Y roza, sólo roza, el misterio, cuando estaba en su mano alcanzarlo de lleno, por lo que resuelve con un cálculo de fría y desalmada prosa lo que podría fácilmente -bastaba un giro de óptica, un gesto nítido hacia la claridad y la generosidad- haber sido poema.

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